"Vayamos con dignidad por la vida, reclamando en paz lo que es justo y distribuyendo con equidad el bien común"

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A continuación, la homilía de nuestro obispo, en el DÍA de SAN CAYETANO – 07 de Agosto de 2018

Así a los pies del Santo del Pan y del Trabajo, nos hemos congregado como Pueblo de Dios, para dar gracias y pedir por tantas necesidades que tenemos a lo largo de la Vida. 
Necesidades que algunas se van solucionando con la constancia y el esfuerzo, y sobre todo con la esperanza, como nos decía recién la Palabra de Dios, que nunca queremos perder, porque sabemos que nos iría peor, al no confiar, como nos enseña San Cayetano, en la Misericordia del amor de Dios, que a lo largo de la Vida no te abandona, fundamentalmente en el pan para tus hijos y en la solidaridad que encontrás en la familia y en los hermanos.


Cada 7 de Agosto se hace ya costumbre de un pueblo que tiene corazón agradecido: es de buena mujer y de hombre bien nacido el agradecer, sobre todo cuando se viven momentos difíciles de falta de trabajo, de una mesa compartida en familia y de un calor que abrigue a los niños y ancianos. Llegar hoy a visitar en su día al Santo, nos ayuda a seguir o a volver siempre al buen camino, a no desviarnos, para no caer en la angustia, en la desesperanza, o en la violencia de la corrupción. Su mirada tierna nos anima, y con el Niño en los brazos nos ayuda a creer en la Vida, a seguir luchando por el pan ganado honestamente, con el sacrificio de cada día, a veces sin pegar los ojos por hacer turnos (de trabajo), y luego estar para que los hijos se sientan amados y protegidos. Una sonrisa de ellos es la recompensa más hermosa para la unidad y alegría de la familia, que nos hace gozar y sentirnos en Paz.
Por eso le volvemos a pedir a San Cayetano la dignidad de un Trabajo, que interceda por nosotros para no tener que mendigar o vivir de los demás, gustando la Misericordia de Dios, Nuestro Padre. 
Cómo no mirar un instante hacia el pasado y agradecer a Dios y al Santo por lo que aprendimos de los abuelos y abuelas, que llegaron a estas tierras “con una pala y un rastrillo”, pero con el corazón lleno de futuro, pensando en hacer de estas tierras inhóspitas y desoladas, un lugar nuevo y lleno de Vida.
Ellos confiaron y no quedaron confundidos; nos dieron a conocer sus fiestas y aprendimos sus cantos y sus bailes en el tiempo de descanso que les dejaba el trabajo. No se sintieron abandonados, ni desechados, no eran “sobrantes”, sino que se convirtieron en creadores de una Patria Nueva.
Hoy por eso también nosotros venimos como lo hicieron ellos, a invocar, a pedirle y tocar al Santo para que nos ayude y proteja a nuestras familias.
Pasamos por distintas aflicciones, pero sabemos como San Cayetano, que el Señor Dios es misericordioso y compasivo, perdona los pecados y nos tiende su mano en momentos de aflicción.
¡A no desfallecer! Ser constantes y perseverantes, nos decía el Salmo, que nuestro corazón esté firme, que no temamos las malas noticias; confiemos en San Cayetano, en el amor de la familia, en la solidaridad del pueblo y en la honradez de las personas. Ayudemos a los más necesitados, a los pobres, a los enfermos, a los ancianos y a los niños.
Vayamos con dignidad por la vida, reclamando en paz lo que es justo y distribuyendo con equidad el bien común, porque nos pertenece a todos. 
Nos decía el Evangelio de Jesús: “No temas pequeño rebaño” y esto es lo que encontramos en San Cayetano, el amor de Dios, que nos cobija, que nos consuela y nos compromete para continuar creyendo y haciendo una Patria de hermanos, cuidándonos, preocupándonos por la Vida, por el pan y por el trabajo digno. 
Viviendo así, con humildad y alegría estamos acumulando un “Tesoro en el Cielo, que permanecerá para siempre, donde no se acerca el ladrón, ni la polilla destruye”.
Hermanos, allí donde tengamos nuestro tesoro, tenemos nuestro corazón.
Los felicito porque se han dado cita una vez más en este Santuario de San Cayetano. Aquí junto al Santo está el corazón de ustedes, porque desean vivir en paz, amando y cuidando la Vida, trabajando con dignidad y esfuerzo para seguir entre todos construyendo un mundo mejor, un País de Justicia y Paz para Todos.

+ Luis Alberto Fernández
Obispo de Rafaela