PASCUA 2017: ¡Cristo ha Resucitado verdaderamente!

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El pasado sábado 15 de abril, Mons. Luis Fernández, presidió la celebración de la solemne Vigilia Pascual en la Catedral de Rafaela. A continuación, publicamos el mensaje para la Pascua de nuestro obispo:

¡Cristo ha Resucitado verdaderamente!
“No está aquí, ha resucitado. Recuerden lo que Él les decía cuando aún estaba en Galilea: <<Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día>>” (Lc. 24, 6-7).
Surge en medio de las tinieblas esa Luz Única, inigualable, capaz de devolvernos la alegría, las ganas de vivir, el sentido de la existencia. Cristo Resucitado vence a la muerte, trae Vida para siempre. Vida que no es volver a lo anterior, es algo totalmente "nuevo" porque viene de Dios, tiene origen en la Ternura de un Padre Misericordioso, que hizo al hombre para vivir, no para la muerte. ¡Solo el amor de Dios es capaz de hacer la Resurrección!


“Era tal la alegría de los discípulos que se resistían a creer” (Lc. 24, 41).
Los Apóstoles no lo pueden creer, se quedan extasiados; la alegría que hay cuando ven al Resucitado es algo que no pueden contener, que se les hace difícil de explicar con palabras, esto es algo más del corazón que de la razón; interpela la vida toda, es causa de asombro y estupor ante el Misterio del amor infinito de Dios, se prefiere hacer silencio en nuestra interioridad, contemplar y ser humildes ante el obrar de Dios, que en la Resurrección, supera toda palabra y pensamiento humano.
Esto que ha sucedido con la Resurrección de Jesucristo, supera a la misma <creación del mundo>. La Resurrección es algo inaudito, es algo superior a "crear de la nada", como hizo Dios nuestro Padre en el principio del mundo. Por eso, ante tanto amor de Dios, lo mejor es admirar y rezar agradecidos por este misterio de amor, donde Dios entrega mucho más que lo deseado y esperado por el corazón humano...
“Lo que existía desde el principio. Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que hemos tocado con nuestras manos, acerca de la Palabra de Vida, es lo que les anunciamos” (1 Jn. 1, 1-4).
Por eso amigas y amigos ¡Caminemos con El Resucitado!, la Pascua de Jesús es un llamado a todos por igual, solo hace falta que cada uno de nosotros acepte con alegría y con humildad de corazón, este inmenso amor de Dios.
Para esto es necesario dejar ese facilismo–egoísta que nos encierra, que nos centra en nosotros mismos y nos hace perder el caminar junto a tantos hermanos, porque a veces nos sentimos más que los demás. 
La Resurrección nos llena de la fortaleza de Cristo, esa misma que Él vivió y sufrió, abajándose por todos nosotros, posibilitándonos el vivir como hermanos, llenándonos de esa Vida Nueva de Dios, que son: su ternura, su misericordia y su perdón.
Como Pueblo de Dios, la Resurrección nos hace vivir como Resucitados, confiando y creyendo en Dios, poniendo toda nuestra esperanza, no en los ídolos del momento, sino en la certeza que no defrauda. Una Esperanza que no se mueve con intereses humanos, sino buscando siempre la solidaridad, la justicia, el respeto y la comunión con todos, aún con los que piensan distinto; porque todos desde Dios, podemos aportar algo bondadoso que nos ayude a madurar y a crecer en la vida como hermanos.
Lo maravilloso del Misterio Pascual de Jesucristo, es que se ha convertido en Sacramento, es decir en el Signo más hermoso que el amor de Dios ha dejado a la Iglesia, y que nosotros, como discípulos de Jesús hoy, tenemos que entregarlo al mundo. Cada año la Pascua de Jesús es un Acontecimiento que, traspasando el tiempo, es siempre Actual, es siempre Presente, ¡Hoy ha Resucitado Cristo! 
Los creyentes al participar de la Pasión y la Muerte de Cristo, somos participes también de su Resurrección, es decir de la Vida Nueva, la misma que experimentaron los Apóstoles. El Espíritu les transmitía esa Vida Nueva, la que vence la muerte, la que es más fuerte que el odio, la falsedad, la corrupción, los celos o la envidia. Vida Nueva que está más allá de mis intereses individualistas, de la autorreferencialidad, de la autosuficiencia. Vida Nueva de la Pascua, que vence las barreras de la violencia, del enfrentamiento que anula matando al adversario, y que vence al indiferentismo que no quiere ver la pobreza en la que viven muchos hermanos.
Ante la Resurrección del Señor, toda angustia, todo mal, todo pecado, todo fracaso, toda debilidad, todo temor, miedo o enfermedad, no pueden <absolutizar> nuestra vida, porque en la Resurrección de Jesús han sido vencidas todas nuestras desdichas, maldades, odios, venganzas, violencias, tristezas y dolores de la humanidad. Solo tenemos que aceptar con sencillez y tener fe, sentirnos pobres y frágiles, porque Cristo al Resucitar nos ha liberado, nos ha dado la Salvación que llega hasta la Vida Eterna, por este amor infinito que se <conmovió> ante nuestra pobreza.
Dios Padre amó tanto este mundo que en la plenitud de los tiempos nos ha enviado a Su hijo Jesucristo, que con su Pascua, nos ha revelado hasta donde es capaz de llegar el amor cuando es en serio, hasta dar la vida.
El Amor verdadero de Dios no va por los caminos que nos habíamos imaginado, o habíamos aprendido sobre la divinidad, en tantas ilusiones, fantasías, filosofías o mitos sagrados. La misma Teología ante este Misterio, como hace La Palabra de Dios, es de pocas palabras, y del que sólo algunos fueron testigos al ver que Aquél que había MUERTO Crucificado, ahora ¡VIVE!, y esto no se debió a esfuerzos humanos; lo que ha pasado con la Resurrección de Jesús, es que Dios mismo lo había anunciado y lo ha realizado, entregando Su Vida por Amor a nosotros, para que nosotros, que estábamos muertos por el pecado, vivamos por la Resurrección, para siempre y con Vida Plena.
La Pascua de Cristo es respuesta al grito de tantos niños que desde el vientre materno desean vivir su vida, esa vida que muchos no verán la luz por el egoísmo de otros. Pascua es Vida para tantos que no tienen voz: niños usados para la pornografía, niños privados de salud o educación, otros que en tantas inmigraciones claman por un lugar para vivir humanamente, y cuantos niños de la calle… 
La Pascua de Cristo es respuesta al grito de tantas mujeres víctimas de la trata de personas, golpeadas o tenidas por menos, humilladas por el <machismo>. Es la Pascua el grito de tantas multitudes hambrientas, que dependen de los tiempos económicos globales y no de la Ética y Moral que trae la Pascua de Jesucristo, donde todos somos valiosos a los ojos de Dios, e iguales ante nuestro Padre y Creador.
Nos dice el Papa Francisco en la Exhortación Apostólica “Evangelii Gaudium”, N° 53:
“…hoy tenemos que decir <no a una economía de la exclusión y la inequidad>. Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra en el juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas, sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser humano en sí mismo como un ser de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del descarte”. 
La Pascua de Cristo es respuesta a los pobres, al grito de la humanidad, que mira angustiada, triste y sin horizonte el futuro incierto, abierto por los abismos infinitos del tiempo, sin respuesta sobre el sentido de la existencia, de la justicia y de la paz, y que en la Pascua de Jesús, ha visto el amanecer de Tiempos Nuevos, capaces de crear cada día una Nueva Humanidad.
Es el grito ensordecedor y a veces alienante de una juventud, que no se quiere quedar en la frivolidad de una vida mediocre, fácil, sin ideales ni valores, donde los adultos a veces, solo ofrecen fiestas de placeres, droga, sexo sin amor verdadero, sin vida y sin esfuerzos, y una sociedad llena de grietas tenebrosas, rivalidades, desencuentros y violencia; solo la alegría del Resucitado, es capaz de llevar a una Vida Plena y Feliz, de verdad y para siempre, pero es al estilo de la Pascua de Jesús: valiente, con pasión por la vida y la verdad, entregada al servicio de los demás, y que cuando más se pierde, más se gana, hasta pasar por la Cruz, camino de Resurrección.
Por todo esto queridos hermanas y hermanos:
Cuando todo parece oscurecerse y nos desorientamos perdiendo el camino, andamos como extraños, hasta con nosotros mismos, y nos encerramos, perdiéndonos en senderos que nos llevan a la indiferencia, a la superficialidad, a pensar que todo da lo mismo, y hasta preguntarnos sobre cuál es la razón de vivir.
Este 2017 es un año que se presentó desde el comienzo, con la fuerza de la naturaleza, como no queriendo dar respiro, porque ahí estaban en medio nuestro, vientos huracanados con caídas de árboles, voladuras de techos, inundaciones de casas y campos, animales errantes, peligrando el trabajo del campo, con la desazón y la angustia de tener una vez más que empezar de nuevo, mirándonos como desahuciados ante un futuro incierto, temido por los niños y los jóvenes, con brazos cansados de estar siempre expuestos, para luchar o para solidarizarse ante tanta desgracia, como está pasando hoy en la hermana ciudad de Comodoro Rivadavia, o en las provincias hermanas de Tucumán y Jujuy.
En nuestra Iglesia diocesana nos asombraron algunos grupos misioneros, que llegaban como todos los años en enero, pero esta vez, no solo a hablar de Dios con sus visitas a las casas, sino también a poner el hombro con su ayuda en las inundaciones, así como siempre lo hace Cáritas, dando una mano a familias sufrientes por causa de las devastadoras tormentas, animando, llevando esperanza y compartiendo penas de tantos hermanos y hermanas que caminaban por las calles como zombis, que ante la tragedia se desesperanzaban, y era necesario, acompañar también con el corazón ante tanto dolor, y trabajar junto a las autoridades y ONG de los pueblos y ciudades, viviendo entre todos una entrega solidaria, compartiendo, trabajando unidos, porque es así como se levantan ciudades, que no solo miran el progreso con visión productiva, numérica y estadística, sino que miran a la mujer y al hombre, al que está a nuestro lado, al que se le ha volado el techo de la casa o de la escuela y ven que está peligrando el futuro de sus nietos, y ahí entre todos nos cuidamos, nos ayudamos y nos vamos sintiendo Pueblo, como hermanos de verdad.
Así nos encuentra la Pascua de Resurrección, ya en el mes de abril, con el dolor en muchos hogares en situación preocupante de pobreza, con una América, donde se quieren levantar muros; con situaciones de naciones que disparan misiles, usan armas químicas, no están a la altura de los Derechos Humanos, falta la libertad de expresión, la libertad religiosa. Entre nosotros, todavía muchos niños no han podido comenzar su escolaridad, con la consecuencia que varios de ellos no pueden asistir a los comedores escolares que les brindan por lo menos una comida diaria. Oímos de fábricas que despiden obreros, que se reduce personal. Sabemos de tantos enfermos y ancianos que sufren ofreciendo sus dolores junto a Jesús en la Cruz.
Por eso ayer, hoy como siempre, deseamos, anhelamos la Pascua de Cristo, no para <borrarnos> o mirar el partido desde la tribuna, que eso es fácil y descomprometido, sino para dejar que la Pascua se haga vida nueva en nosotros, se <actualice>, y vivamos como el Resucitado, transformando este mundo, ya no solo desde nuestras pobres fuerzas e inteligencia, sino desde la Fuerza de Cristo Resucitado y junto a todos nuestros hermanos.
Pidamos a “Nuestra Señora de la Pascua”, como le gustaba llamarla al Cardenal Pironio, ella que estuvo de pie junto a la Cruz, y ahora desde la alegría, junto a Su Hijo Resucitado, que sigamos caminando, unidos a todos, por esta Vida Nueva, la que trae cada día la Pascua de Jesús.
¡Felices Fiestas de La Pascua, que la vivan en familia y con ganas de amar con todo el corazón!

+ Luis Alberto Fernández
Obispo de Rafaela